sábado, 26 de febrero de 2011

Uvas y columpios


El lienzo extendido del aire: el cielo.
Azul, azul, azul.
Y una sola nube blanca, barroca, como de algodón de azúcar de feria, pero blanca, digo. Y abajo, un manto espeso de hierba, que cubre las aceras, los caminos, las ideas, los edificios inteligentes.
Pero, ¡Qué paz!
Respira.
Respírala un instante, hombre.
Y qué verde. Una hierba tan fresca que dan ganas de dejar de caminar.
Y tumbarse.
Y mirar sólo al cielo: azul, azul, azul.
Y eso hago, por supuesto.

Tiro el maletín de piel a una papelera (alguien lo recogerá). Me aflojo el nudo de la corbata y, ésta, huye hacia el árbol arrastrándose como una culebra. Me descalzo, aparto mis gafas, discuto con uno de mis ejecutivos (¿El calcetín junior o el senior?) y la chaqueta improvisa un montículo donde apoyo por fin mi cabeza, mirando al cielo:
Azul y con una nube blanca, barroca, de azúcar de feria.
E inmediatamente el silencio…


S            I              L               E              N             C              I              O


que penetra en mí como una feromona. El silencio, sí. Y luego un ñic ñic como de duermevela: el del columpio con voz de hierro, de hierro oxidado, digo.
Los niños juegan, se balancean arriba y abajo sentados en el columpio, los pies colgando, buscando alcanzar el círculo del sol con la punta de uno de sus zapatos. Ñiiic…, ñiiic… Pero, ¡Qué paz…! Benditos ñics que inducen estos estados de conciencia.
Tomo un nuevo respiro, me hincho de oxígeno e hidrógeno: del azul también, de la nube, del azúcar, de la hierba fresca. Igual que las madres del parque cuando sonríen a sus cachorros saboreando las uvas que tienen entre sus manos.
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