lunes, 5 de diciembre de 2011

Lunares en su espalda


Bajo la luz del flexo, tenue y azulada, su espalda yacía como un universo compuesto por mil constelaciones distintas. Era fácil apreciarlas, una vez se recogía el pelo apresándolo con una mano que al poco se le quedaba dormida. Entonces surgían con claridad todas aquellas líneas que mi dedo se apresuraba a trazar sobre su piel desnuda, uniendo los vértices que constituían sus lunares más destacados.
-Aquí está Perseo –le decía-, se puede ver claramente. Y mira, esta otra es Casiopea...  Aquellos cuatro forman una “N” y estos de aquí una “A”, la “A” del final de tu nombre…
Pero ella ya se había acomodado en un sueño imposible de rebatir, así que no se enteraba de nada.
Busqué, por tanto, algún ángulo desde el cual la luz del flexo, ya hemos dicho que tenue y azulada, me pareciera una luna ocultándose tras el montículo de su hombro.
-Muchos pagarían por ver este acontecimiento -pensé-.
Y mis labios sellaron una felicidad con la más plácida de las sonrisas.
Al rato la luz se escondió detrás de su cabello, momento en el que mi cabeza se hundió irremisiblemente en las profundidades de la almohada. Fue cuando nos giramos acoplando el ritmo de nuestros alientos, su rostro a mi rostro, sus labios a mis labios ya atontados, quedándome en aquél preciso instante dormido.
Cuando desperté ella ya se había ido, aunque las constelaciones seguían estando allí: enormes y brillantes como dinosaurios.
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